miércoles, 7 de enero de 2009

EL LAGO y YO

Segundo día

Empezaba a hacer fresco. Pero exactamente lo que hacia era un frió de pelotas. ¡Un frió helador! Supongo que era a causa del ejercicio desacostumbrado, y la cantidad de hambre que teníamos siempre todos. Nuestro amigo el piel roja (en realidad más blanco que Jorge), empezó a preparar la cena. Encima del fuego coloco una sartén y en la sartén puso una grasa de aspecto extraño. No se que tipo de grasa era, pero olía igual que algo sacado de la carrocería del coche. Pero seguíamos contemplando hambrientos cómo ponía varias salchichas en la sartén caliente. Cuando las salchichas empezaron a tostarse, les vertió un mejunje amarillento, pero teníamos tanta hambre que lo comimos todo todo, más rápido que el lo podía servir.

Yo he visto en muchas películas del Oeste, y después de que los vaqueros han tomado su comida, se sientan alrededor del fuego tocando una guitarra y cantando alguna chorrada de Búffalo Bill. Nosotros, sin embargo, no teníamos ninguna guitarra ni sabíamos cantar. Así que, embotados por el pesado alimento y prácticamente hartos los unos de los otros, todos decidimos irnos a dormir.

Jorge, el “bandido” que me había metido en aquel lió, era mi compañero de tienda. Quitándonos rápidamente la ropa en medio del aire helado de la noche y llevando únicamente los calzoncillos, nos metimos en nuestros sacos de dormir.

Supongo que parte de las píldoras somníferas que había tomado la noche anterior seguían circulando en mi interior, más las nuevas pastillas que tome, me dormí de inmediato, eran aproximadamente las once.

Me desperté a las dos horas, y…¡Buf!... Mi estomago saltaba y vibraba como una lavadora que se hubiera vuelto loca.

Me di cuenta de que no estaba acostumbrado a comer salchichas grasientas de no se que antes de acostarme. Nunca me había sentido antes de aquel modo.

Más tarde descubrí que no se traba únicamente de la comida. Parece que después de habernos retirado a pasar la noche nuestro guía indio, (llamado Uf), se sintió con instintos maternales, y se había introducido sigilosamente en nuestras tiendas y, como buen entendido en bosques, había frotado con creosota la parte superior de cada saco de dormir para mantener alejados los bichos de la selva. Bueno, bueno, entre el olor de la creosota y la basura grasienta que había comido, ¡estaba bien apañado!

En aquellos momentos el ambiente estaba realmente helado y, por lo que yo sabia, quizás había un león montañés agazapado en un matorral próximo, relamiéndose y esperando su cena. No me importaba. Tenía que vomitar o morirme. Mi primer impulso fue vomitar sobre Jorge, mi genial amigo. Lo mire y dormía como una marmota.

Al fin decidí que tenía que salir de aquel saco y echar todo…lo que fuera.

El lago distaba únicamente unos diez metros y permanecí allí de pie, en calzoncillos y con un frió de pelotas, os diré que era una noche muy desagradable en todos los sentidos, estaba yo como para salir en una película arrojando a los peces con violencia todo lo que había comido.

Una vez aligerado mi estomago, volví a la tienda. Allí percibí de nuevo el olor de la creosota y rápidamente regrese al lago. Aquel constante ir y venir, aquel continúo entrar y salir de la tienda, despertó definitivamente a Jorge.

Parpadeo, se sentó y me preguntó:

--¿Estás ya pescando?

--¿Pescando? solloce --¡Estoy muriéndome!

--Probablemente tienes hambre—me dijo--, ¿Por qué no le dices al guía que te prepare unas gachas calientes y unas cuantas salchichas?

--Grite-- ¡¡¡gachas calientes y salchichas!!! ¡¡¡Me estoy muriendo!!!

--Calma -- me dijo en un tono tranquilizador—

Ten calma. Deja que como futuro doctor te examine. En unos minutos estarás como nuevo.

Jorge saco una gran botella de sales, que por lo visto siempre lleva consigo, vertió una generosa cantidad en un vaso de hojalata y me dijo:

--Aquí tienes. Lleva este vaso al lago. Llénalo de agua fría y cristalina de la montaña y bébetela. Al cabo de poco tiempo tendrás la fuerza de diez hombres.

Intento decirme algo más, pero en seguida volvió a dormirse.

Aquella noche había ido muchas veces al lago, pero esta era la primera que lo hacia llevando un vaso de hojalata. Pelándome de frió dentro de mis calzoncillos, trague rápidamente la pócima y me arrastré de nuevo a nuestro igloo.

En el preciso momento que cerraba los ojos, Uf sacudió nuestros sacos de dormir y nos anunció:

--Hombres, aprisa. Peces morder ahora.

--Y pálido y aturdido…salimos todos juntos con nuestras cañas a pescar, ya que según Uf era el momento preciso (las cinco am) en que los peces pican con toda seguridad los anzuelos.

Yo si que tenia en mi estomago picores, picores con maracas…mama mía

2 comentarios:

Emma dijo...

Vaya con las salchichas!!! Creo que el Indio Buf va a por tí, a visto que no te cae muy bien ue digamos... A saber lo que te tiene preparado para la proxima vez jajaja... Cuidado con los Indios!!!... son peligrosos, te lo digo yo... si les caes bien serán como tu pesadilla y si les caes mal... más aún jajaja... Besotes.. pescador de agua dulce.

Carmina dijo...

Jajaja si es que no lo que no te pase a ti, no se a quien le va a pasar... van tos a por ti y tienes unos amigos de lo más majetes hijo, creo que intentan liquidarte, y claramente la pesca no es lo tuyo eh... besos chato contigo la risa la tengo asegurada